Por Luis Enrique López Carreón
Es una realidad innegable del modo de producción capitalista o de libre mercado, sobre todo en su modelo neoliberal, el hecho fatal, aunque necesario, de dividir a final de cuentas a todos los seres humanos en dos grandes campos desiguales, conforme a su papel en la producción y final apropiación de toda la riqueza social.
Estos dos inmensos campos diferentes son, por un lado, la de los productores de todos los bienes de consumo y de producción misma, y por el otro, el campo de los consumidores de todo eso que se produce, y que le llega a través del mercado.
Aunque los productores dueños de los medios de producción, cumplen también en algún momento el papel de consumidores de bienes productivos, la verdad es que la riqueza toda sólo cobra verdadera realidad, cuando la mercancía llega a manos del consumidor final que la compra y la consume.
Dando un gran rodeo mental, entonces, pudiéramos resumir hasta aquí que, pareciera que el éxito del productor dueño de los medios de producción depende sin remedio, de la seducción que éste logre sobre el consumidor, por las buenas o por las malas, para que adquiera y consuma todo aquello que se le ofrece. Esto explicaría el doble sometimiento que sufren los trabajadores a manos de las clases dominantes o patronales: primero, al momento de trabajar para que se deje explotar hasta el agotamiento, y segundo, al momento en que el trabajador esta con su familia, para que consuma tanto como se lo permita su magro ingreso.
¿Y cómo es que los dueños de los medios de producción logran con tanto éxito tan semejante maquinación?
La explicación de todo esto la dejó ya dicha Carlos Marx en otro momento al afirmar que, “la clase con el poder material dominante (dueños de los medios de producción) también controla la producción espiritual e intelectual, imponiendo su visión del mundo, valores y normas como la ideología dominante. Esta hegemonía cultural sirve para legitimar, justificar y reproducir su dominación social”.
Con esto podemos entender también, cuál es la razón inconsciente y espontánea de que, no exista en el mundo un solo ser humano pobre y miserable, que no abrace hasta el último de sus días el ferviente deseo de llegar a ser rico en algún momento de su existencia. Es decir, el individuo pobre consume, o procura consumir todo aquello que las clases poderosas le quieran vender, porque cree firmemente que, con eso, su vida se parece cada vez más al modelo de persona que tiene en su cabeza, o sea, el modo de vida de una persona rica.
Y dado que nadie actúa sin tener como guía de sus actos las motivaciones que le han metido en su cabeza, contrario a la naturaleza humana, el trabajador se comporta más como consumidor mucho antes que como productor. Aquí es dónde se hace realidad la sentencia científica aquella de Marx refiriéndose a las clases dominantes, en el sentido de que, “…controla la producción espiritual e intelectual, imponiendo su visión del mundo…”
Para “legitimar, justificar y reproducir su dominación social”, las clases dominantes explotadoras redujeron el papel de la clase trabajadora en la sociedad a dos funciones fundamentales: trabajar y consumir sus ideas. No más.
Por eso es que el pueblo trabajador no siente deseos de estudiar y pensar para saber por sí mismo; inconscientemente espera que otros, los poderosos, le digan incluso lo que debe opinar. El pueblo no siente necesidad de producir y practicar arte y cultura; como simple público espectador en el mejor de los casos, pide que sean otros, incluso los gobiernos, los que le den todo aquello que le quieran dar para aplaudir.
El deporte, no es la excepción. Aquí, el pueblo quedó reducido a estricta figura de espectador, aficionado o porra; algunos de ellos, incluso, visten uniforme, pero sólo para vitorear a su equipo favorito en la televisión o las redes sociales de moda, cuando no van a los estadios. Otros, los más rebeldes quizá, llegan a los pocos campos y canchas deportivas, cuando las hay, robando, como una hazaña digna de reconocerse, atención a la extenuante jornada laboral o de consumo cotidiano.
Y esto es así, porque, dado que, para practicar cualquier disciplina deportiva el trabajador necesita tiempo y dinero para llevar a cabo tal hazaña, tiempo de trabajo y dinero del consumo que ya lo considera suyo su explotador; por eso, el común de los trabajadores no considera la actividad deportiva como una necesidad indispensable para el desarrollo y bienestar de él y de su familia.
Los datos oficiales son sumamente elocuentes. Se sabe que, aproximadamente el 39.8% de la población mexicana mayor de 18 años, practica algún tipo de deporte o ejercicio físico en su tiempo libre, esto, según datos del MOPRADEF 2023 del INEGI. “Aunque más de un tercio de la población realiza alguna actividad, sólo alrededor del 23.6% cumple con la actividad física suficiente para obtener beneficios para la salud”.
Por eso es que, tomando en cuenta todo lo que ya dicho, sobre todo en el ámbito deportivo, resulta tan sorprendente y esperanzadora, la noticia de la próxima realización de la XXII Espartaqueada Deportiva 2026 del Movimiento Antorchista Nacional, la única competencia deportiva, no gubernamental, en su tipo.
La Espartaqueada Deportiva es un grito de rebeldía del pueblo trabajador para reclamar su derecho al deporte formativo, en medio de la situación de inseguridad desbordante que se vive por todo el país.
Y esto es así, porque el deporte organizado que promueve Antorcha, no sólo rescata las habilidades deportivas de las personas que participan en ella, todas llegadas de la entraña del pueblo trabajador. Sino que rescata, además, el espíritu de superación colectiva de toda la sociedad, preparando las condiciones para que los sectores trabajadores más desprotegidos, reclamen organizados a los gobiernos y al gran capital, el derecho constitucional que les asiste para recibir toda la inversión económica necesaria, de lo que ellos mismo producen, para la promoción y práctica del deporte formativo que sus hijos necesitan. ¡Apoyemos todos la Espartaqueada Deportiva!
