Por Luis Enrique López Carreón                                                                                                                          Dirigente del Movimiento Antorchista en Colima

Hace unos días se declaró inaugurado lo que el pueblo suele llamar, coloquialmente, como “maratón Guadalupe-Reyes; que, para los que no lo sepan, no es esto sino la expresión en sentido figurado, de toda la serie de convivencias y festejos familiares casi diarios para algunos, que comienzan el 12 de diciembre para terminar el día 6 de enero del año siguiente.
Y como suele suceder, toda la maquinaria propagandística de que dispone la oficialidad gubernamental al servicio del gran capital, está volcada en conseguir un único y casi urgente propósito para sus intereses: la máxima ganancia económica aprovechando la necesidad de convivencia familiar.
Y no podía ser de otra manera; pues, para las grandes empresas comerciales, convivir es sinónimo de comprar, y comprar, es la acción que vuelve realidad el acto de vender y de la ganancia. Por tanto, ahí donde ya sentó sus reales el modelo de producción capitalista, también llamado neoliberalismo o economía de libre mercado, su lógica es infalible: cuanto más se fomente la convivencia inducida en la sociedad bajo su gobierno, tanto más se incentivará el consumo entre la mayoría de sus miembros más desprevenidos, y, por lo tanto, todo cuanto venda, mucho más se comprará,
Hasta aquí, nada malo pasaría, si las clases dominantes dueñas de las grandes empresas comerciales y de toda la clase patronal en general, al mismo tiempo que fomentan la convivencia para vender, proveyeran a las clases trabajadoras del ingreso suficiente en forma de salario y prestaciones económicas para comprar. Pero no es así. Y aquí es donde aparece la tragedia que vivimos.
Incitar a comprar, a todo aquel mexicano que apenas tiene para sobrevivir, es, en realidad, incitarlo a dejar de vivir un poco menos en el futuro; pues, al no tener ya los medios suficientes dejará de comer, curarse o educarse mucho menos de lo que en realidad necesita. Aquí vemos cómo es que convivir ahora, puede trocarse en su contrario en el futuro.
Pero no sólo eso. Para convivir se necesita un espacio digno y un tiempo suficiente, verdaderamente seguros para la familia, que ni la propia vivienda rodeada de murallas lo puede ya garantizar.
Antes se sabía bien que salir a la calle de las colonias más pobres y apartadas a festejar, era inseguro y peligroso; pero hoy, se sabe de ejecuciones a funcionarios y personajes públicos en festejos en verbenas populares en jardines públicos; se sabe de ejecuciones e incendios masivos en restaurantes y comercios; se sabe de ejecuciones a plena luz del día en las calles y avenidas; y se sabe que la tranquilidad de los hogares más fortificados y vigilados puede ser fácilmente violentada con asaltos domiciliarios. Pero, además, ya no estamos seguros en ningún lugar al imaginar que, en cada coche de todo tipo, pudiera esconderse un cargamento de explosivos esperando a sus víctimas para explotar, desatando el infierno.
Pudiera decir que no hay ya, lugar ni tiempo alguno en que los mexicanos puedan ponerse a salvo de la violencia desatada en estos tiempos, ante la actitud omisa de las autoridades correspondientes.
He aquí entonces, lo que realmente significa la convivencia familiar de muchos mexicanos bajo los gobiernos de ahora, que, dígase lo que se diga, no es sino lo mismo, o algo mucho más deformado de lo que muchos otros gobiernos hacían estando al servicio del gran capital.
Pero la verdadera convivencia de la humanidad no nació como sinónimo de muerte, sino de vida. Los historiadores más serios afirman que fue la propiedad privada bajo el mando del gran capital, quien instrumentó la inseguridad como medio de terror y muerte para imponer el sometimiento, conforme lo estamos viendo.
Porque la humanidad no sería todo lo que es, a pesar de todo, sin la convivencia entre los seres humanos. M. Ilin y E. Segal lo dijeron en su obra “Cómo el hombre llegó a ser gigante”: “Los hombres llegaron a ser humanos sólo porque vivían juntos, cazaban juntos y hacían sus instrumentos juntos.” Y dijeron más: “Toda la tribu reunida cazaba a los enormes animales. No una sino docenas de lanzas se clavaban en sus peludos costados. La horda humana, como criatura de muchos pies y manos, cazaba a los mamuts. Y el trabajo lo hacían no sólo docenas de manos, sino también docenas de cabezas.” Aquí vemos como es que, en el origen, los seres humanos convivían para sobrevivir, no para morir. Y la convivencia de hoy nos debe servir justamente para lo mismo.
Con motivo de las fiestas decembrinas, pero también con cualquiera otro tipo de convivencia de cualquier otra fecha, rescatemos le necesidad de la convivencia permanente, es decir, rescatemos la verdadera organización popular, única forma moderna de sobrevivencia heredada a los desamparados de ahora, por los primeros pobladores de la tierra.
Y si nos faltara claridad y visión profunda de lo que necesitamos ahora, hagamos caso a los que saben de humanismo y solidaridad.
A manera de sincero ejemplo, finalizo con una gota de miel para todos los desamparados y maltratados del mundo, que, como yo, buscan el camino hacia una vida más justa y equitativa para todos:
“Para que el hombre se sienta solidario; para que le conmueva y le duela el dolor ajeno; para que piense muy por arriba de la tierra que pisa; para que se eleve su pensamiento hasta lo divino, el hombre necesita olvidarse de que es un animal; necesita elevarse sobre sí mismo, sobreponerse a sí mismo, multiplicarse, ampliar sus horizontes, su sentir, su pensar, su querer, su disfrutar, ampliar sus ansias de desarrollarse, expandirse y ser feliz en esta tierra. Para lograr todo eso, el hombre debe dejar de pensar sólo en sus necesidades básicas, y pensar cosas grandes y sublimes como la solidaridad, como la libertad, como la fraternidad, como la igualdad, como la paz. Eso es cultura (y de convivencia).” (Ing. Aquiles Córdova Morán).
Deseo que estos tiempos de exagerada manipulación fanática, no doblegue nunca ni un centímetro nuestros deseos de superación colectiva; que los días por venir nos encuentren más firmes y prestos para conquistar una vida mejor para nuestros hijos. Que así sea.

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